
Australia es, de alguna manera, la última frontera, el lugar más joven y apartado del mundo, perfectos para almas indómitas que buscan los grandes espacios en soledad, la naturaleza inmensa, la diferencia.
Es otro mundo: mil kilómetros no son la misma distancia en la vieja Europa que allí, es uno de los países -casi continente, a pesar de formar parte con la dispersa Oceanía- con menos densidad de población del planeta. Su territorio es tan extenso que se rige por tres husos horarios distinto; tiene centeneraes de especies naturales autóctonas y su clima varía del tórrido y tropical norte a las montañas nevadas del sur.
Tres tópicos surgen de la idea de Australia y resumen su esencia: la montaña o monolito sagrado de Ayers Rock en el centro del país cuya zona es de las mas recónditas, la impactante Gran Barrera de Coral en las aguas del noreste y la conocida The Opera House de Sidney.
Australia es un gigantesco corazón casi desierto que late en lo mas hondo al ritmo aborigen, el poblador autóctono de la isla; un espiritu libre, el mismo que habita sus playas y costas paradisiacas, ideales para el surf y buceo y una cabeza occidente sofisticada a la manera de las grandes urbes europeas o estadounidenses y que queda personificada en sus principales metrópolis (Sidney, Camberra, Melbourne al sur y Brisbane al este).
Falta algo muy importante para dar vida a ese cuerpo; la vitalidad de la gente, esas multitudes llegadas de todas partes del mundo que llegaron a Australia -y siguen llegando- con la esperanza de encontrar algo diferente, un lugar donde empezar una nueva vida. Y allí lo encontraron.
Aún quedan lugares en el mundo donde el ser humano se siente un poco libre, donde conecta con el niño que lleva dentro. Australia es uno de ellos.
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